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“Le pido a Dios que me ayude porque no me quiero ir de Venezuela”

Freddy es un joven ingeniero que desde el inicio de la pandemia camina hasta 10 kilómetros por las avenidas principales del norte y oeste de Maracaibo vendiendo productos de aseo personal en una caja de cartón para ganarse el sustento. Aunque hay semanas buenas, asegura que la comida y las medicinas de su madre enferma, se llevan todo el dinero que hace.

Maracaibo. Un dolor intenso en los pies espabila el sueño de Freddy. Se estira, se levanta de la cama y va por dos botellones de agua. Luego de caminar dos cuadras en una calurosa Maracaibo con el peso del líquido en sus hombros, se baña, y si hay, come algo. Antes de pisar la calle se hace la señal de la cruz al mismo tiempo que Elena, su madre, le dice: “Dios te bendiga y te proteja, hijo; que la Chinita te traiga con bien”, así comienza su faena.

Freddy forma parte de ese 68,4 % de hogares zulianos señalados por la encuesta Encovi 2020 que son regentados por hombres, tras la migración derivada de la crisis que azota al país.

El reloj marca las 8:00 a. m. lo que indica que debe apurar el paso para llegar hasta la avenida 5 de Julio, antes de que apriete el sol de la mañana.

Mientras camina bajo el incandescente sol de Maracaibo, ruega: “Señor, ayúdame, no me quiero ir de mi país, échame la manito para que hoy me vaya bien”. Una pregunta lo saca de su conversación con Dios:

—¿A cómo tenéis las medias, chamo?

—Tres pares por seis dólares.

La mujer toca las piezas para chequear su calidad y niega con la cabeza, da las gracias y se va, él sigue su camino.

La llegada de la pandemia por COVID-19 a Venezuela fue el punto de partida de Freddy como vendedor ambulante. Tiene un título universitario que lo acredita como ingeniero petroquímico, dejó su sueño, que ya sumaba siete años de experiencias, por necesidad.

La realidad supera los sueños, y con sueldo mínimo no se puede mantener a nadie. La realidad es otra, es dura y hay que echar para adelante y resolver, lo demás tiene que esperar”, suelta Freddy durante un descanso.

La venta de artículos no era nueva para él, antes de la pandemia ya vendía bombillos recargables en su casa.

“Lo vi como una oportunidad porque con el problema de la luz, es lo que más se quema en las casas”. Con la venta de los bombillos Freddy completaba su ingreso familiar, además de la ayuda que enviaban sus hermanas desde Colombia y Perú, pero luego el negocio se paralizó y se agotaron las entradas.

En una red como Twitter, que da para todo, Freddy se ha convertido en una especie de influencer, pero así como sus publicaciones tienen una gran cantidad de respuestas, desea que esas interacciones se transformen en dinero para ampliar su negocio.

Una familia dispersa por el mundo 

Como el hombre de la casa, Freddy se quedó a cargo de su madre. Su hermana Alejandra, de 42 años, fue la primera en irse de Venezuela hace cinco años. Residenciada en Colombia y licenciada en Trabajo Social, logró conseguir empleo en una escuela de formación y ahí dicta cursos, le pagan por comisión. Cada dos meses envía 20 dólares para que su hermano y su madre compren algo de comida.

María, de 26 años, la hermana menor, se fue a Perú hace tres años, pero aún no consigue un trabajo estable. La crisis en Venezuela la obligó a dejar sus estudios de Educación en la Universidad del Zulia, en el último semestre y solo se llevó el título de bachiller bajo el brazo. Ella al igual que su hermano se dedica a la venta ambulante de tortas y ropa en las calles peruanas.

Freddy asegura que pese a todos los problemas no piensa marcharse del país / Foto Cortesía

Mientras rocía sus brazos con alcohol, el ingeniero confiesa que sus hermanas le insisten cada cierto tiempo para que se vaya de Venezuela, pero él se niega.

Le pido a Dios que me ayude porque no me quiero ir de mi país. Pienso que, para pasar trabajo en otro lado, me quedo aquí acompañando a mi madre y, la verdad, me da miedo, afuera hay mucho maltrato y hasta matan a los venezolanos”, dijo.

Todo se va en medicinas 

El gasto mayor y el que más preocupa, incluso más que la comida, son las medicinas de Elena. La madre de los tres hermanos debe cuidarse la tensión y el corazón, eso no solo implica tomar medicamentos, sino mantener un chequeo constante con el médico, pero ambas cosas no se cumplen.

Hace dos años que no la llevo al cardiólogo porque la consulta vale 30 dólares que no tenemos, le compro las medicinas más importantes como la de la tensión, porque le pusieron muchas la última vez y no me alcanza. En las principales se van hasta 15 dólares mensuales”, dijo Freddy resignado.

La comida es otro tema, generalmente se resuelve “más fácil”, explica. Se las ingenian para variar el menú.

“Hoy me alcanzó para comprar pan y como todavía teníamos nata de la semana pasada, ese fue el desayuno, ya el almuerzo se resuelve cuando termine de trabajar en la tarde”, dijo.

Pasta con salsa de verduras, pan, arepa o arroz con carne molida es lo que más consumen en la casa de los Ávila-Paz. “Un kilo de carne molida, que es lo más barato, nos rinde hasta una semana y solo compramos una vez al mes, dependiendo de cómo estén las ventas”, dijo Freddy, quien recordó que el Clap no llega a la zona desde noviembre de 2020.

Llamado de auxilio 

Marzo y abril de 2021 fueron meses duros para madre e hijo. Comían una vez al día y la mayoría del tiempo se acostaban sin comer. Fue entonces cuando Freddy hizo un llamado de auxilio por Twitter a sus seguidores.

“Saliendo a la calle a ofrecer mis bombillos, sé que es difícil que me reciban por la pandemia, pero lo hago por necesidad más que por otra cosa, si me ven, compren, porfa”, se lee en el tuit con fecha del 15 de mayo, justo después que el joven se recuperara del COVID-19.

La receptividad fue tal, que comenzó a ser identificado en la calle y las ventas se levantaron. Debido a la pandemia y las restricciones, le hacían pedidos de varias zonas de la ciudad.

“Caminaba hasta la avenida La Limpia para hacer las entregas, Plaza de la República o al centro”, dijo.

Siempre con cuidado para no ser víctima de robo, el ingeniero se las ingenia. Compra en el centro de Maracaibo toda la mercancía y la lleva a pie hasta donde la soliciten.

“Yo no cobro delivery, si es muy lejos le digo a otro pana que le dicen el guajiro para que él se encargue y el cliente le paga aparte, de resto yo mismo hago las entregas a pie”, sostiene. 

El Twitter sigue siendo su medio de trabajo y también los estados de WhatsApp, por donde ofrece su mercancía a clientes fijos.

Ofrezco combos: 2 cremas dental por 5 dólares, tres pares de media por 6 dólares, dos toallas de cocina por 6 dólares y los bombillos que nunca faltan, además acepto dólares en efectivo, pago móvil y hasta PayPal”, explicó. Sin embargo, la ganancia que genera al día no es mucha, cuando la semana es buena le quedan 10 dólares libres.

“Hay semanas malas en las que solo gano dos o tres dólares. La mayoría del dinero se va en medicinas y comida. Yo no pido lujos, pero cuánto quisiera regalarle a mi madre una nevera o poder comprar las cosas básicas”, dice

Trabaja con las uñas

Lo primero que Freddy hace en el día es entregar los pedidos que tiene pendientes, a veces camina hasta ocho kilómetros para cumplir con la venta. Luego vuelve a la acera de la avenida 5 de Julio de Maracaibo, que ya tiene como punto fijo para pregonar. A las 2:00 de la tarde monta su caja de cartón que hace las veces de exhibidora en el hombro, para retornar a su casa en el sector Belloso.

Bajo el sol inclemente de Maracaibo, obligado, apura el paso, porque el fuego del pavimento atraviesa la suela desgastada de su único par de zapatos. “A veces me voy en bermudas a trabajar porque pega el calor”, suelta con una carcajada.

Al llegar, su madre respira de nuevo en paz. Para ella, aunque es un trabajo digno, que su hijo esté en la calle expuesto a tanto la mantiene nerviosa. Mientras se cuentan el día, el muchacho prepara algo de almuerzo, descansa un rato y ve televisión.

Freddy sueña con cosas simples, por ahora con una bicicleta para aliviar un poco las caminatas y expandir su negocio, además necesita más capital, pero aclara: “Le pido a la gente que me quiera ayudar que lo haga comprándome mercancía, a mí no me gustan las cosas regaladas, y mucho menos estoy pidiendo, lo que quiero es trabajar”.

Sin embargo, admite las dificultades. “Ser vendedor en las calles de Maracaibo no es fácil, a veces te consigues gente grosera, como también gente buena que me regala agua y me hace pasar a la casa, o como hoy que me regalaron el desayuno. Pero la pandemia, la inseguridad y el clima son puntos negativos”, dice el joven que a pesar de todo, confiesa que antes de dormir agradece a Dios por lo bueno y lo malo del día. “La fe es muy importante, mucho”, dijo antes de despedirse.

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