Denuncias

El sistema de acueductos está de a toque

desde el gran apagón de 2019

Serias fallas en tuberías, falta de reparación y reposición prevalecen en el servicio de agua desde los apagones de hace dos años. En la planta La Guairita se pierden mil litros de agua por segundo que viene del Tuy II, mientras la crisis de agua crece, advierte el ingeniero Norberto Bausson.

Caracas. El 7 de marzo de 2019 quedó al desnudo la fragilidad del sistema de acueductos de Venezuela y sus servicios conexos. La gran falla eléctrica ocurrida en el Complejo Hidroeléctrico del Guri, seguida de siete apagones en tan solo un mes debido a maniobras indebidas, desbordó una crisis de agua sin precedentes en Caracas. La zozobra y la sequía inundaron los hogares y los centros de producción.

En el municipio Chacao, uno de los sectores más castigados en años por la interrupción del servicio, Patricia Moreno recuerda que el agua no llegó por casi una semana a su edificio de siete pisos. Sin electricidad, ella y su pareja tuvieron que buscar agua durante dos días. Finalmente, para abastecerse, compraron 10 botellones que subieron por las escaleras oscuras hasta su apartamento, en el quinto piso.

No hubo agua en gran parte de la capital durante días ni tampoco información oficial de lo que pasó ni cuándo repondrían el suministro.

“La gente fue a buscar agua al río Guaire porque no la había en ningún sitio de la ciudad, en ningún sitio. Y eso ocurre cuando tienes unos sistemas en desequilibrio y no hay almacenamiento”, señala el ingeniero Norberto Bausson, ex vicepresidente de Operaciones de Hidrocapital.

Afirma que si los embalses de contingencia La Pereza, La Mariposa y Macarao hubieran estado en condiciones normales, la ciudad hubiese contado con reservas para unos 15 días y en al menos 70 % de los sectores el agua hubiese salido por los grifos.

“Lamentablemente, los embalses están abandonados y así, con una sola falla eléctrica, todo el mundo se queda sin agua, como aquel día. Con ese episodio se vio claramente que los sistemas están de a toque. El problema es gravísimo”, advierte.

Desde el gran apagón se han incrementado los accidentes, las fugas y pérdidas en los acueductos nacionales. En la capital entran actualmente unos 12.000 litros de agua por segundo aproximadamente, con un déficit de 8000 litros por segundo. Y “es muchísima la que se pierde”, dice sin precisar cantidad, porque no existen medidores de ningún tipo. Además, no ha habido reparaciones en los sitios.

Bausson, conocedor del sistema de acueductos, sigue los recorridos del agua por las tuberías desde que dejó la hidrológica en 1999. “Hace un año, a través de un convenio con la CAF, se logró medir en la planta La Guairita una pérdida de mil litros de agua por segundo, es decir, que el 20 % de la que sube desde el sistema Tuy II, en este momento se bota allí, prácticamente”.

Esa planta de tratamiento tiene una capacidad de 7200 litros de agua que se bombea desde Taguacita a través del sistema. Y luego la impulsa a sectores del sureste de la ciudad, con bombas de la estación 25. Es clave para el suministro de Baruta y casi todo El Hatillo, pero “presenta toda la valvulería destrozada y como no hay buenos cierres, todas las fugas se suman”.

Es el agua que no llega a El Hatillo, precisa, uno de los municipios del área metropolitana que no cuenta con suministro regular, debido a la altura de su ubicación y a las fallas del Alimentador Sur y sus tuberías.

Acueductos a la luz del apagón

Las consecuencias de las interrupciones eléctricas de 2019 en los sistemas de acueductos se constatan cada día en el servicio irregular.

Por aquellos días, familias enteras en Sebucán, municipio Sucre al este de la ciudad, llegaron a pasar hasta tres semanas sin agua por las fallas eléctricas. Y cuando llegaba era intermitente, recuerda Teresa Colina, vecina del sector. Afirma que la situación hoy es similar.

“Aún llega de manera caprichosa. Tengo que mantener conectada al grifo una manguera que da a un tobo y así me logro enterar de que está llegando el agua. Entra dos días y medio también azarosamente; la ponen de madrugada, la quitan a las 6:00 a. m. y luego vuelve en la noche. Y en esa nos tienen”.

La falta de disponibilidad de un servicio eléctrico suficiente y continuo, derivada de aquellos apagones, han afectado la posibilidad de disponer del suministro. “El llenado incompleto de las tuberías por esa razón ha ocasionado fisuras por el llamado golpe de ariete. También, daños en las bombas y subestaciones”, puntualizan expertos.

En mayo de 2019, un grupo de investigadores realizaron un encuentro para analizar los efectos concretos a escala nacional. Participaron el Observatorio Venezolano de Servicios Públicos y el especialista Bausson. Y el diagnóstico resultó desolador.

El 82 % de la población venezolana tuvo un servicio discontinuo. Solamente 18 % tuvo un suministro confiable y las zonas más vulnerables no lo tuvieron por meses. “La ciudadanía está desesperada y buscando soluciones alternas”, fue uno de las conclusiones del estudio realizado en esa reunión.

Se detectó además un fuerte impacto en la salud por la aparición de enfermedades de origen hídrico o sanitario.

El 10 de marzo de 2019, la jefe del servicio de Infectología del HUC, María Eugenia Landaeta, advirtió que una “epidemia de diarrea” estaba presente en ese hospital y la atribuyó al poco suministro de agua que además llegaba sin calidad.

“Tenemos casos intrahospitalarios de amibiasis en pacientes hospitalizados en el HUC, y que de pronto tuvieron diarrea. Nos imaginamos que algo estaba pasando y, efectivamente, el agua que entra al hospital llega solo hasta el tercer piso”, indicó la infectóloga en aquella oportunidad. De todos los pisos se bajaron pipotes para llenarlos de agua con manguera recogida en el jardín, ubicado en la planta baja del hospital. “Con esa agua se baña a los pacientes, a las parturientas, se cocina….”.

No hubo respuesta inmediata de las autoridades al problema de la falta de agua potable de calidad y de la salud de los pacientes.

También en universidades y hasta terminales aéreos se agravó la crisis. Se constató que la logística de reparación y reposición fue casi nula, mientras empresas hidrológicas quebraron.

De aquellas aguas, vienen estos acueductos críticos

Los investigadores determinaron también que el país no reunía las condiciones para soportar las consecuencias del apagón sobre el sistema de acueductos. Un largo inventario de fallas y desaciertos en 19 años reflejaron el deterioro institucional.

Quince ministros y el recién creado Ministerio de Atención de las Aguas, en 2018, no resolvieron la falta de operatividad de los acueductos y la creciente crisis de agua, indicó el estudio. Y continuaron con mayor intensidad los planes de racionamiento impuestos en Caracas desde 2014.

Otras conclusiones de la investigación fueron el mal estado de las fuentes de las cuencas para el abastecimiento, el irrespeto al desarrollo urbano ocasionado por la GMV, y la obsolescencia de equipos y redes. También, las fallas continuas en los sistemas sin capacidad de reparación, y la falta de inversión requerida, que especialistas calculan en 1,5 millones de dólares.

La politización del servicio “hasta los tuétanos” se reflejó en el sistema tarifario obsoleto y la desprofesionalización. “Hubo discurso populista con resultados caóticos”, indicó el estudio que además destacó el manejo de la opacidad como herramienta de control.

La falta de información transparente que emergió con más fuerza tras el apagón se evidencia hasta en la ausencia del medidor. “Las pérdidas físicas en el Acueducto de Caracas son intangibles, porque no hay macromedición ni micromedición que permita obtener cifras”, puntualiza Bausson. No obstante, calcula que los botes reales de agua no contabilizadas en los acueductos metropolitanos son de 95 %.

La falta de micromedición, por ejemplo, impide establecer un sistema real de tarifas. “Una persona puede botar muchísima agua en su casa y paga la misma tarifa plana que paga otro que la utiliza muy bien”, comenta. Y esto al final se traduce en mal servicio, mal uso ciudadano y pérdidas comerciales a borbotones.

Las pérdidas comerciales en el acueducto son infinitas, lo que se cobra no sirve para pagar los gastos de comercialización”.

Sistemas de a toque

Los sistemas de agua con sus fragilidades operan al vaivén de las fallas del sistema eléctrico que “quedó tocado” después de aquel 7 de marzo.

“Hasta para pedir cargas, es decir, cuando van a arrancar las líneas de bombeo, debe cumplirse un protocolo muy estricto porque como hay escasez de energía eléctrica, cuando se va a arrancar una unidad que consume 20.000 HP puede quedar sin servicio eléctrico otra parte”. refiere.

“Y otra cosa importante. Al ser más ineficientes los sistemas el consumo por metro cúbico que se entrega a las ciudades es cada vez más alto, porque la bomba tiene menos eficiencia o el tubo bota muchísima agua en las redes. Lo que se ha hecho es convertir los acueductos en sistemas ineficientes. Se hacen muy costosos y la entrega de agua necesaria para labores sanitarias de la población, comercio e industrias es insuficiente. Además, es de mala calidad y es muy cara. Todo este deterioro se concreta en el servicio que hoy tenemos”, concluye Bausson.

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